Luis, que de antaño comprende el lenguaje del agua,
(...) oyó quejarse a la gota, la cual decía entre suaves quejumbres:
«Yo reflejo a mi modo la naturaleza.
Soy un pequeño ojo cristalino, muy abierto, que la ve, que la admira desde este nido de terciopelo, desde esta cuna suave y bienoliente.
Llevo ya muchas horas divinas de vida armoniosa.
Durante buena parte de la noche he reflejado la luna.
He sido, ya una perla, un zafiro místico, ya una turquesa celeste. Después, la bóveda se ha pintado de un amarillo suave, y yo me he vuelto topacio.
A poco el cielo se tiñó de rosa, y he sido rubí.
Ahora soy diamante.
Y cuando las hojas del rosal se miran en mi espejo para contemplar su traje nuevo, recién cortado en punta, me convierto en esmeralda.»
Amado Nervo
